El callejón de los sueños

Espacio reservado para algunas aficiones como la música, lectura o cine.

Friday, April 14, 2006

El curioso incidente del perro a medianoche

Una amiga que sabe mis reparos para leer novelas escritas en otro idioma, porque suelo huir de las interferencias de traductores, me encomendó su lectura. Nada sabía de su autor, Mark Haddon, ni tenía referencia alguna de este libro, El curioso incidente del perro a medianoche.

La primera impresión es de sorpresa. Sorprende que el narrador, y protagonista, sea un joven con signos autistas; un obseso del orden y entusiasta de las matemáticas. Sorprende también por las ilustraciones, que recuerdan al famoso “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry o a cualquier libro infantil, aunque en este caso abunden dibujos de planos de casas, mapas, constelaciones, piezas de rompecabezas o distintos tipos de gráficos. Igualmente resulta curiosa la elección de números primos para enumerar los distintos capítulos; pero sorprende, aún más, la lectura de sus páginas.

Christopher, el protagonista, es un adolescente que sólo se siente seguro cuando es capaz de aplicar la lógica matemática en cualquier circunstancia de la vida. Tal vez por ello, cuando descubre que el perro de su vecina ha sido asesinado, se empeña en descubrir al autor del crimen al entender que nadie mata a nadie sin motivo. Él, que no admirada a Conan Doyle por ser distinto a su héroe favorito Shelock Holmes, especialmente en “El perro de los Baskerville”, no cejará en su empeño de esclarecer el suceso. El intento de descubrir al autor de crimen le lleva a otras verdades, que son las mentiras de los adultos, y a la excusa para escribir un diario.

Christopher crea su propio mundo: Si la gente se siente optimista o pesimista según brille el sol por la mañana o amanezca el día nublado, esa misma lógica aleatoria le lleva a formular su propio código según observe, en su camino hasta el colegio, un número determinado de coches y según el color de los mismos. En Christopher no caben las emociones; cuando se entera de la muerte de su madre en vez de llorar o lamentarlo se interesa por la causa que originó la muerte para diferenciar un ataque al corazón de un aneurisma. Tampoco puede ponerse triste al conocer que su madre está muerte porque considera absurdo entristecerse por “algo irreal, que ya no existe”.

En su diario anota problemas de trigonometría, listas de cosas que le gustan y actuaciones que le molestan. Igualmente reseña la proliferación de la mentira en el mundo de los mayores. La muerte de su madre, en realidad es sólo una mentira de su padre para ocultar el fracaso matrimonial. La novela es de una sencillez absoluta y una valentía total; un niño en busca de la verdad que nos ofrece lo ridículo que es esta sociedad repleta de convencionalismos irracionales, de metáforas absurdas y sobre todo de mentiras.

El mundo adulto le bloquea, no soporta los ruidos, tampoco las carantoñas, ni las aglomeraciones. Tanta falsedad le provoca náusea, entonces necesita aislarse de esa contaminación humana que le impide pensar, usar su inteligencia matemática. Cuando así sucede, precisa de unos minutos para concentrarse y volver a activar su capacidad lógica.

Esta es una novela simple, con apariencia simple y en eso no engaña; no se esmera en describirnos un universo narrativo complejo ni atiborra sus páginas con descripciones maravillosas ni ensoñaciones imposibles. Tampoco parece pretender estar cerca de un tratado de psicología infantil; si acaso de los adultos y nuestra sempiterna manía por aleccionar a los niños, a los jóvenes. Pero esa simpleza aparente y real no es obstáculo para cuestionar el funcionamiento de los adultos ni poner en tela de juicio infinidad de conductas comúnmente aceptadas cuando sólo son hipocresía vulgar y simple.

No se podrá decir que es una gran novela pero siempre será una novela para leer

Monday, March 27, 2006

La Calle Valverde


Cuando cayó en mis manos éste libro, reconozco que no sabía mucho de su autor. Había escuchado y leído que era un intelectual de gran valía, coherencia y conciencia histórica, tanto en su vida personal como en su producción literaria; sabía que tuvo que exiliarse a México, como tantos otros republicanos, y sabía poco más, acaso que era uno de esos símbolos que tanto suele gustar a las izquierdas, aunque del culto iconográfico tampoco se salvan las derechas. Recuerdo también como en sectores progresistas produjo enorme malestar la apropiación que de su figura hizo el que fuera presidente del gobierno José María Aznar; se entendía como una falta de respeto hacia su figura humana y política. Probablemente, y sin pretenderlo, con la incautación de su figura hizo más que muchos de sus fervientes admiradores para acercar la figura de Max Aub a muchos españoles.

De Max Aub pues, no sabía mucho. Sí recuerdo alguna referencia difusa, acaso una representación o la lectura de algún fragmento de La gallina ciega. Pero prácticamente desconocía todo acerca de él y de su producción literaria hasta el día que me lo encontré en La calle de Valverde. Entonces pude comprobar que efectivamente era un escritor comprometido con el momento histórico que le tocó vivir y capaz de trasladar a su obra su valor crítico, ironía inteligente y una capacidad singular para ridiculizar tanto al pensamiento conservador como, desde su militancia en el PSOE, desairar los tópicos de la izquierda tradicional. También me pareció que era un auténtico humanista en el sentido renacentista del término capaz de teorizar sobre arte, literatura, pensamiento, política o sociología. En definitiva pude constatar y aún más lo que las reseñas literarias reflejaban de él. Probablemente, por lo que hasta la fecha de hoy he leído acerca de su obra, La calle de Valverde ni esté entre las mejores novelas del siglo veinte, ni sea una de sus mejores producciones, pero su lectura es amena, divertida, interesante e ilustrativa de la época histórica en la que se sitúa la acción y personalmente considero que es una novela de enorme interés.

La calle de Valverde no es la historia de la calle madrileña que lleva su nombre. Acaso, entre otras muchas cosas, es el simple esbozo de innumerables personajes que en ocasiones son de auténtica zarzuela, pero también el estereotipo perfecto de la sociedad madrileña de la primera parte del siglo veinte. Es sugerente y atractiva la mezcolanza de personajes históricos y ficticios; de sucesos reales con otros productos de una profusa imaginación. En cualquier caso la novela es el pretexto que el autor utiliza para indicarnos perspectivas políticas, apuntes de criterios artísticos o literarios. Max autor parece burlarse de nosotros creando un mundo mágico en el que conviven hasta confundirse personajes ficticios junto a ilustres pensadores, literatos, artistas o políticos de la época. Sin embargo el resultado es una novela entre histórica y costumbrista que nos traslada en el tiempo. La calle de Valverde es el fotograma perfecto de la película española del siglo XX. Aub nos hace un retrato de la sociedad madrileña en la época de Primo de Rivera; especialmente de la vida de aquellos que estudiaban, intentaban abrirse camino en la pintura, literatura o en la política. Y todo ello con un lenguaje fluido, rápido, culto, con cierto sabor antiguo, que no rancio, y siempre muy pegado a la calle y a los ambientes que describe. La descripción del Madrid de las casas de huéspedes y tertulias; la politización de muchos de sus personajes y las aventuras de los mismos nos ofrecen en su conjunto una imagen del Madrid de la época que nos transmite sobre todo, verisimilitud. Es el retrato de una clase media universitaria, con sus inquietudes y sus avatares. Es una calle llena de vida y de personajes variopintos: relaciones familiares, conyugales, infidelidades, intentos de suicidios, suicidios, drogas, penurias económicas, homosexualidad, complejos... pero también afán de triunfar, de alcanzar las cimas del reconocimiento artístico, de defender unos ideales y de comprometerse. En definitiva, la vida misma.

A cualquier hora la calle de Valverde parece de provincia........... En cien metros se retrocede cien años” Esa es una de las grandes virtudes de esta novela; trasladar al lector a 1926 y 1927 con la mayor realidad posible. Los personajes viven ajenos al devenir histórico aunque muy conscientes de la realidad. El autor nos sitúa en una época que él vivió pero no utiliza la perspectiva histórica para rescribirla. En ese sentido es una especie de crónica que se escribe día a día y en la que los personajes viven ajenos, aunque no inconscientes, a lo que pueda suceder en el futuro.

Hay tres aspectos que me llamaron la atención y que quisiera resaltar: las tertulias, las casas de huéspedes y las descripciones de sus personajes. También la velocidad de su prosa, y la sensación de estar leyendo una novela recién escrita.

Existen novelas que una vez leídas podrían ir perfectamente al contenedor para reciclar papel; otras podrían olvidarse en las estanterías de la biblioteca personal y otras que deben tenerse siempre a mano para releerlas. La calle de Valverde pertenece a estas últimas y su lectura ha supuesto el descubrimiento personal de un autor del que apenas si tenía conocimiento y la certeza de haber leído una novela importante y que considero merecería mayor reconocimiento público.

Tuesday, March 14, 2006

Madeleine Peyroux

La escuché mientras conducía. Normalmente no suelo prestar atención a la música que radian mientras estoy al volante pero la voz de esta mujer me llamó la atención. Era un inglés muy vocalizado, muy entendible; una voz agradable, una música sugerente. Me quedé con su nombre y en cuanto pude me acerqué a una tienda especializada para adquirir cualquier CD de Madelaien Peyroux. El azar hizo que adquiriera este “Carelees Love”.

El jazz cantado parece estancado, no aparecen nuevas formas. En una música cuya principal virtud es la sorpresa, la improvisación y la recreación permanente podría esgrimirse de esta manera para su descalificación ante el panorama actual. Sin embargo, en ese rutinario volver al jazz vocal de siempre, pero con menos voz que las grandes divas, es donde entregarnos a esta cantante que por otra parte habría que discutir si su música es jazz o es pop envuelto en sonidos de jazz. Particularmente, al menos por este trabajo, hay que enmarcarla en la misma onda que Diana Ktall o Nora Jones; es decir en un pop refinado y con cierto aroma jazzístico. La diferencia es que Madeleine Peyroux suena más verdad, más auténtica.

Nada nuevo pues, en este trabajo, nada espectacular y sin embargo es una pequeña joya donde apetece sumergirse para gozar y para huir de invitación a la coprofagía como nos ofrece la actualidad publicada.

Una de las virtudes de este disco es la autenticidad en esta cantante que según muchos recuerda a Billie Holiday aunque particularmente no encuentre parecido alguno, al menos en este trabajo. Una voz nueva con matices viejos que le dan naturalidad; una selección magnífica de temas de Leonard Cohen, Bob Dylan, algún standars y alguna canción antigua rescatada para desempolvarla del olvido y hacerla sonar maravillosamente. Larry Goldings tiene mucha parte en el sonido de esta pequeña maravilla.

Monday, March 06, 2006

Broken Wing

Desde la primera audición, siempre que el reproductor entra en funcionamiento tengo la misma sensación. Al sonar las primeras notas de la trompeta de Chet Baker y luego unirse la batería, el piano y, más tarde, el contrabajo del tema que da título al CD siempre me tengo la misma sensación. Cierro los ojos y me encuentro en una especie de club de jazz, con luces débiles y envuelto en una atmósfera de humo, olor a tabaco, güisqui y un murmullo constante de conversaciones a media voz. Poco a poco los músicos hacen que sólo se oigan sus instrumentos y, si todos fuimos a escuchar la trompeta -famosa por sus medios tonos, por la ausencia de agudos y graves, por el lirismo y profundidad de su sonoridad- es el piano el que me atrae sobre manera. Suele ocurrir en ocasiones. Te acercas a escuchar a alguien en concreto, normalmente al que figura con letras más gruesas en el cartel anunciador, y percibes desde el principio que no está sólo, que le acompañan otros músicos y que el talento de estos es similar, en ocasiones superior, sólo que el reconocimiento y la fama aún no les ha alcanzado. Eso sucede en el caso de Phil Markovich, pianista americano que es la sorpresa de esta grabación.

Es cierto que todos los músicos que intervienen brillan colectivamente, todos tienen su tiempo, todos y cada uno de ellos suenan para el resto sin restarles, ni restarse protagonismo o brillantez. Por eso este Broken Wing es una joya encontrada casi por azar. Cuando se comenta la música de Chet Baker siempre se hacen referencias a aspectos no estrictamente musicales, por lo que denota en esta grabación parece un líder solidario e inteligente. Existen líderes que están lejos de ser inteligentes, me refiero a esos que lo son más por ser producto de la mercadotecnia que por su contrastada calidad musical. Baker crece en este CD como músico, su trompeta no solo es brillante sino que tiene la cualidad de interpretar, como los sonidos que sólo él es capaz de lograr, es decir de manera suave y delicada; Sin estridencias ni necesidades de grandes alharacas y concesiones a la galería. Prueba de ello, se puede encontrar en cualquiera de los cinco temas y las dos versiones alternativas que se registran en esta grabación, pero por ser el único en el que canta, Oh You Crazy Moon me parece un ejemplo palmario de lo que quiero decir.

En la información del CD, entre otras cosas, se afirma del contrabajista de la sesión, Jean-Françcois Jenny Clarke: “Discret mais omniprésent , toujours pertinent ( son solo de Black eyes est une merveille)” . En ocasiones se divaga sobre la necesidad de suprimir bien el bajo, en este caso contrabajo, o la batería porque los dos instrumentos tienen una función similar. Aún siendo prescindibles el uno con respecto del otro, cuando suenan como lo hacen en esta ocasión, es de alegrar que no todos compartan esa opinión.

Consultada listas de los mejores discos de jazz, en ninguna se incluye esta espléndida grabación. Ya escribí más arriba que me declaro imperfecto, en cuanto al jazz más aún. Pero, ¿acaso existe la perfección? Considero la perfección como un ideal estético y estático solo posible en la imaginación de los hombres e imposible de aceptar por el resto de los hombres. Cada ser humano, condicionado por su bagaje cultural y su propia percepción de la realidad aplicará el concepto de percepción de manera única. ¿Es posible acaso que un somalí, una chica saharaui, un joven criado en las alturas de Bután o en la selva amazónica conciba la perfección de manera similar a un joven aristócrata occidental, a la mujer de un campesino andaluz o de una alto ejecutivo de una empresa multinacional? Por consiguiente estéticamente pueden existir tantas perfecciones como seres humanos habiten la tierra. El concepto de perfección es estático en sí mismo puesto que algo perfecto supone que no es susceptible de ser mejorado, consecuentemente significa que es algo acabado, sin posible evolución pues se considera completo. En este sentido es una reliquia, algo susceptible de adorar pero inservible, estéril. Profundizar en la imperfección es moverse, profundizar en lo que nos interesa como personas en su vertiente más individual o colectiva. Me gusta el jazz porque significa imperfección o dicho de manera que seguro satisface mejor a los jazzeros más ortodoxos, por su búsqueda constante de la perfección. En ese camino nos encontramos con una música viva y ávida de cualquier novedad que asimilar, mezclar, experimentar. Por todo ello las etiquetas en el jazz sólo son válidas como instrumento didáctico.

Monday, February 27, 2006

El Paraíso en la otra esquina


En busca de un sueño
hermoso y rebelde. En busca de un sueño
que gana y que pierde.

Silvio Rodríguez


Flora Tristán jugaba al Paraíso en Auxerre; muchos años después observó a un grupo de niños de Arequipa jugando al juego que ella pensaba francés. Paul Gauguin también lo jugó en su infancia; más tarde, en una lejana isla del Pacífico Sur, comprobó cómo aquel entretenimiento infantil había llegado hasta tan recóndito lugar.
- ¿Es aquí el Paraíso?
- No. No es aquí, en la otra esquina
Mientras se formulaba esta pregunta, el resto de jugadores cambiaban de posición.

Durante la infancia jugábamos también al paraíso, pero en una modalidad más prosaica ¿Tienes fuego?, preguntaba el que la llevaba; “Allí enfrente humea”, aspirando la h hasta convertirla en j, respondía el interlocutor mientras el resto corría de esquina en esquina del zaguán del colegio

Este juego antiguo y con múltiples variantes puede servir como metáfora de la vida. El hombre siempre ha buscado el paraíso y, sin embargo siempre le ha resultado esquivo, siempre lo enviaron a la otra esquina. Acaso como ejemplos de soñadores o buscadores de los paraísos perdidos o de los paraísos que nunca existieron, Vargas Llosa escogió a la socialista Flora Tritán y a su nieto, Paul Gauguin , un pintor que convulsionó los cánones estéticos contemporáneos, para convertirlos en personajes literarios al recrear sus intensas y rebeldes existencias.

Dos personajes en busca de un sueño, con dos concepciones de vida diferentes, unidos por una vocación férrea de defender sus ideas por encima de cualquier obstáculo. Dos personajes en busca del paraíso. Dos paraísos radicalmente distintos. Esos dos paraísos les serán esquivos y ambos se sublevaran constantemente por alcanzarlos. Para la abuela el paraíso es un espacio de libertad, de integridad, de respeto a los derechos de los trabajadores, un lugar de donde desterrar la iniquidad, injusticia social, la pobreza, la miseria y la ignorancia. Para el nieto, el paraíso es menos ambicioso. No pretende convencer a los demás de las virtudes de su pintura, de su experiencia, simplemente busca un lugar donde poder pintar y vivir la vida de la manera más natural. Cuando deja su profesión de agente de bolsa y su cómoda vida familiar y profesional para dedicarse a la pintura ya había descubierto cierta aversión por lo convencional y por la civilización mojigata de una Europa vieja y decadente. Entonces busca el antídoto en la vida natural, en la ingenuidad que encarna la gente sencilla. Su arte necesita un estilo simple, alejado de la realidad inerte del pintor fotógrafo, del detallismo del realista ni el virtuosismo de los impresionistas.

Cuando Gauguin se embarcó en 1891 rumbo a Tahití lo hacía con la intención de llegar a un paraíso con nativos que vivían en sensual armonía con la naturaleza y sus antiguas deidades. Pero cuando llegó los tahitianos ya habían sido “civilizados” por los misioneros católicos y protestantes así como por los administradores coloniales franceses. Entonces Gauguin intentó recrear en sus cuadros, esculturas y grabados ese paraíso perdido que en su mente era un mundo idílico de mujeres desnudas, pareos llenos de colores, paisajes exuberantes y espíritus extraños.

El autor afirmó, en algún acto de promoción de El Paraíso en otra esquina, que este libro “tiene más de novela que de memoria histórica”, y que “lo inventado es más importante en la obra que lo histórico”. Sin embargo eliminando secuencias concretas de la narración, pasajes puntuales, producto efectivamente de la fantasía que no responden a la realidad, lo cierto es que el Mario Varga Llosa consigue describirnos muy certeramente a los personajes reales. El retrato que nos traslada, la semblanza de Flora Tristán y Paul Gauguin resulta ser de gran fidelidad y logra conectar dos formas de vida y modos de pensamiento que, aunque siguen caminos paralelos en la forma de conseguir sus objetivos, persiguen un fin único en el sentido de alcanzar lo inalcanzable y desprenderse de muchas cosas para lograr tal objetivo.

Hasta su lectura únicamente sabía de Flora Tristán por un pequeño libro de Iris M. Zavala titulado “El texto en la Historia” que recogía algunos artículos sobre novela, modernismo, literatura popular, literatura e ideología o socialismo decimonónico. La escritora puertorriqueña nos presenta a Flora Tristán como una mujer que “absorbió toda las corrientes sociales de la época y, finalmente, propuso su sueño de una sociedad más justa, de un mundo más feliz: un proletariado consciente e internacionalista que luchara por las causas de los esclavizados” (pág. 187 “El texto en la Historia” de Iris M. Zavala)

Podría afirmarse a modo de conclusión que esta novela es la historia de una mujer que nació en 1803 e intentó construir un paraíso, y de su nieto artista que moría en 1903 que intentó encontrar un paraíso perdido. También la historia del fracaso de una búsqueda pero que nos deja el ejemplo de una vida y una obra impresionantes. No podré concluir afirmando que esta es una gran novela, tampoco que he gozado de manera especial con su lectura. Sólo escribiré que me ha servido para conocer un poco más a dos personajes históricos y entenderlos algo mejor.

Sunday, February 26, 2006

El Círculo

En estos días en los que la propaganda y la estética hollywoodiense nos acosa con todos sus poderoso arsenal propagandístico es aconsejable el refugio en otros escenarios. No es cuestión de denigrar todo lo “made in USA” porque, además de absurdo, sería conveniente finiquitar ciertas exclusiones. Se trata simplemente de reconocer la existencia de otras formas expresivas válidas y brillantes, eso sí, alejadas de circuitos simplemente mercantilistas. Evidentemente este cine carece de la promoción que otras obras menores, siempre en virtud del negocio, disfrutan, pero su autenticidad nos evidencia un cine muy digno lejos del alcance del todopoderoso tío Sam.

La televisión pública, ¿acaso podría ser la privada?, nos regala con una frecuencia que es de agradecer, pequeñas joyas del cine como "Dayerhe",
El Círculo, película del director iraní. Jafar Panahi.

La película expresa la dificultad de ser mujer y como ésta, sin un hombre, no es nada tal y como afirma una de sus porotagonistas. Éstas son mujeres que, sin caer en el activismo político simplista, luchan por sobrevivir entre la injusticia de una sociedad machista. Cuando aparecen hombres o son elementos decorativos o como elemento represivo salvo en la ocasión en la que un hombre, en la escena más desgarradora, se interesa por la hija que una madre soltera prefiere abandonar con la esperanza que alguien pueda ofrecerle algo mejor. Todas las historias que se narran reflejan un pesimismo tremendo, sobrecogedor; la mujer vive en una sociedad, en un ambiente, que es un círculo cerrado del que resulta imposible huir.

Cada una de las historias es la vivencia de una mujer que sufre la injusticia de unos hábitos y leyes de una sociedad egoísta y machista. Las historias se entrelazan de manera hábil; no acaba de terminar de contar una cuando la cámara sigue la silueta de la protagonista hasta que ésta se confunde con otras; entonces, la cámara se fija en otra mujer para mostrarnos las vicisitudes que tiene que padecer. En ocasiones parece un documental, la cámara sigue los movimientos de la protagonista para ocupar toda la pantalla, los diálogos son escasos pero reveladores de la maldición de ser mujer y de su lucha para abrirse camino entre una multitud de incomprensiones y dificultades, simplemente por su condición femenina.

Ambientada en Irán, el director nos refleja la marginación de la mujer, por ser mujer, en cualquier parte del mundo.

La voz dormida

La voz dormida es una novela que estremece y además es la crónica de la lucha contra la humillación y por la dignidad. Dignidad de un grupo de mujeres que, presas en la cárcel de Ventas, viven el orgullo de la defensa de sus ideales y padecen la crueldad que todo vencedor ejerce sobre quienes han perdido cualquier guerra. Pero también podría ser un reportaje construido sobre la historia de: los perdedores de la guerra civil española personificados en las vivencias de un grupo de mujeres y de quienes les esperan fuera de la cárcel; de aquellos que sufrieron la represión por defender la república o por ser padres, abuelos, hijos, hermanos o amantes de los condenados.

Afirmaba la autora, en una entrevista que leí hace algún tiempo, que le impresionó la historia de una mujer que estaba embarazada cuando acabó la guerra, la condenaron a muerte y esperaron que naciera su hijo para fusilarla. Esa terrible historia y la de la hermana Pepita, personaje real que en la actualidad vive en Córdoba, son el hilo conductor de la obra. Porque la novela es la vida en la cárcel de las guerrilleras condenadas, sus ilusiones, sus obsesiones, sus pequeñas batallas que le ayudarán a mantener viva la conciencia y la decencia en la defensa de sus ideas, pero también es la fotografía de la represalia ejercida sobre los familiares.

La trama narra la historia de Hortensia (“Tensi”) que es la miliciana embarazada que espera dar a luz para ser fusilada y que nunca hablaba en voz alta; de su hermana Pepita, de ojos azulísimos, que sin pretenderlo se implica con el mundo de los guerrilleros por ayudar a su hermana y para posibilitar la huida a Francia de su cuñado y de su propio novio; de una extremeña de piel cetrina obsesionada con ver el mar porque sus seres queridos fueron fusilados y arrojados al río y pensaba que sus hijos estaban allí, en el mar; y la de una mujer de Granada que llora amargamente por no reconocer a sus propias hijas; de Elvira, que con 16 años es encarcelada por tener familiares guerrilleros, y que vivirá la guerrilla en España y el amor en Praga; la de Doña Celia que llora el no haber podido cerrar los ojos de su hija fusilada; la de Reme que al salir de la cárcel acarició todo el cuerpo de su esposo por primera vez en veintisiete años de matrimonio.

Pero no sólo es la historia de mujeres, también es la historia de hombres como Felipe y Mateo que son dos pero son uno; como Paulino, Jaime o El Chaqueta Negra que tampoco son tres como pudiera parecer. Historias como la del señorito D. Fernando que vive atormentado entre el deseo y el miedo de ayudar a quienes le salvaron en Paracuellos y el maltrato a que le somete su esposa por haber abandonado su profesión de médico. También es la historia del cura Abundio al que hago referencia por su nombre que suena añejo y entrañable y por hacer realidad el sueño de la mujer de ojos azulísimos.

La novela podría ser escrita como una tragedia triste y descorazonadora pero en toda ella junto al drama, al dolor, humillación y muerte siempre aparece la dignidad, el orgullo, la esperanza o el amor.

En definitiva es una novela para emocionarse y para compartir un poco el sufrimiento de tantos hombres y mujeres que enarbolaron, acaso también por todos, la bandera de la dignidad. Es la novela de los perdedores pero igualmente podría ser la novela de los vencedores.
 

Contador de visitas